Era incapaz de atravesar los petirrojos

Era como tú: Había siempre una bandada de petirrojos. De petirrojos más allá de los abuelos, una mancha dorada hasta la tierra, tan leve, ascendida, un canto. Hasta hace poco, hijo, un olor a vida para el que no había pulmones, como de fardo de trigo antes de llover, un origen. Como tú: Los dos a la espalda, un sustento; la muerte era incapaz de atravesar los petirrojos.

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Carta de G.M. sobre “dejar en paz”

(…) los pájaros no se sostenían en el aire; volaban como pavesas. Volviendo a su última carta, se lo plantearé al revés: hay que dejar en paz (si me permite, literalmente) a aquellos a los que no amamos. En paz significa acercarse a ellos y rozar con levedad su corazón para borrar todas nuestras huellas. El corazón, pues de él nacen todos los espíritus, que después pasan a la sangre y recorren cada vena, antes de regresar.

El calor de un cuerpo

Queda un verano que no acaba. Es la primavera, lleva meses pudriéndose como el agua en la represa del camino. Por eso, la exaltación de los pájaros. Van y vienen, se agotan queriendo cumplir con una obligación desconocida, pero que les mantiene frenéticos en el aire: no saben si anidan, cazan libélulas, migran sin frío…

Aun así, ayer, atardeciendo, el halcón se dejaba llevar por una corriente seca y templada de este otoño. Volaba como antiguamente: sabiendo hacia dónde.

Como aquella tarde, el canto de las grullas volverá a atravesar la niebla y nos hará desear el calor de un cuerpo.

Cuánta piel

Cuánta piel mide 120 años
cuánto entre el horizonte y la orilla
para el sediento duran
para el aguador
la semilla
germina dentro del fruto
atraviesa la carne
tiembla
brote
cuánta piel
rompe lo verde
no rompe la ola
cuánto ha girado la constelación
entre ojo y ojo
ha caído
no del árbol
ha caído el invierno
para el insomne
sostienen sus manos
como cuencos
como alas
dos alegrías
dos líneas
dos petirrojos
cuántas veces nos llegamos
a la fuente
como una gacela
descendemos
bebemos casi
casi rozamos
acariciamos
ya

Nada hay más lento

Nada hay más lento
que este mar, la flor roja
que el corzo bebe, ni despacio el colibrí,
nada que la sed de los animales
ni la noche cante sobre los pájaros:
sólo la luz acude,
aquieta y roza
el agua a la orilla;
sólo ella entre mis dedos
sabe el camino.

Tesón

Tesón.

(Del escocés tesson)

  1. 1. Pájaro de la familia de las Trochilidae, que se engloba a su vez dentro de la subfamilia Phaethornithinae. Se trata de una especie extinguida ya en los albores del siglo XIX, por lo que se tiene poca constancia de ella. Tampoco ayuda el hecho de que sólo habitara en una zona de la costa de Escocia: en la línea que va desde Garenin a Port Ness. Pese a todo, sí se conocen detalles sobre cómo era y sobre sus costumbres, gracias a los testimonios que dejó el pescador Robert Burnsch (Alloway, Ayrshire, Escocia, 25 de enero de 1759 – Ellisland, cerca de Dumfries, 21 de julio de 1796). Burnsch fue autodidacta, habiendo aprendido por su cuenta a leer, escribir, sumar y restar, y un avezado conocedor de las corrientes marinas y de cómo el cambio de las estaciones influía sobre éstas y sobre la pesca. Recogió sus observaciones en el libro Auld Lang Syne, en el que dedica unos párrafos al tesón: (…) ya que no miden más de lo que mide mi dedo índice, pueden dormir dentro de las luzulas, cuando están florecidas. Todo él es más negro que el carbón, tanto que, al sol, parecen azogues. Mueven sus alas muy despacio, y saben permanecer suspendidos en un mismo sitio durante horas, si con ello consiguen pescar algo. Pero lo más hermoso y curioso del tesón es su pico transparente, tres veces mayor que su cuerpo. Con él, asaetean a los peces, que mueren sin oportunidad de escapar. Cuando la primavera cae sobre las Tierras Altas, inician su danza nupcial con un canto casi inaudible; esos días no hay faena. Pero cesa el canto, y arranca su migración hacia los acantilados de hielo del sur de Groenlandia. Es un viaje peligroso que les lleva buena parte de la primavera y que culmina los primeros días del verano. Sé poca cosa sobre lo que hace tan lejos de casa el tesón, pero hay pescadores islandeses que relatan que, con su pico, va horadando muy lentamente el duro hielo, y que, después de dos meses trabajando día y noche, consigue hacer un pequeño hueco donde la hembra deposita su huevo. Casi sin tiempo, oliéndose el otoño y, tan al norte, con las primeras nieves, sellan el nido como hacen las golondrinas. Tardan después en ser avistados de nuevo en nuestra costa, pues ya los vientos no son de cola. Muchos mueren de regreso; caen, sin dejar de mover las alas, al mar. De los caídos, son muy apreciados los picos por los balleneros de todo el hemisferio norte, pues no se conoce un material más duro para atravesar la resistente piel de los monstruos. El tesón regresa un año después a los acantilados del sur de Groenlandia y, con la misma constancia, abren los nidos: vuelan sus crías. 

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    Pájaros en el cielo. Montserrat Roig.

 

Contra los nuevos poetas

Alfonso Berardinelli lo tiene claro: ya no hay poetas publicables. Dice que la lástima es que se abran colecciones de poesía que después no saben con qué llenarse. Entonces llega el amigo, y el amigo del amigo, después el que tiene poder; más tarde el que insiste, el que te lo hará pagar muy caro y el que amenaza con suicidarse. Mientras, la crítica de poesía o bien se lo traga todo, o bien guarda silencio. “Para escribir el 90% de los poemas italianos que circulan hoy en día, no se requiere ninguna cualidad”.

Por eso todos somos poetas. “El pueblo ha tomado el poder poético, ¡hurra!”, ironiza de nuevo. “Todos somos libres de crear, de expresarnos y de publicar. Además tenemos derecho a ser considerados poetas si lo deseamos con mucha fuerza, si estamos firmemente convencidos de serlo (…) independientemente de la calidad, el valor o el interés de lo que hayamos escrito”. Berardinelli lo llama “populismo poético”: un inocente lector perseguido por veinte poetas que reclaman el “derecho a que se los lea”.

Lorena G. Maldonado en “El Español”