El perdón

el perdón

este encerrarse

bajo la higuera herida 

tupir el nido del grajo 

sentir calor

(Recogido del blog que comparto con Montserrat Roig: www.doblecajon.com)

Perdon DC

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Por ti transita

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Algo prende, por ti transita: Acerca el oído, late, escucha los corredores del agua, el tañido de tus huesos: Se tensan bajo la piel.

Antes de acariciarte, encuentra el hilo: Lo dibujaste sobre la mesa, como si estuviera allí, supieras su color, qué órgano sutura.

Cómo pueden tus dedos zurcir esto tan fino, curar.

Algo prende, te atraviesa: Todo lo mide, es lento, descubre la claridad entre la hojarasca, el gesto de tu mano en el aire, se posa: bebe de ti.

Doble cajón

Comparto una de las entradas de un nuevo proyecto en el que colaboro con la fotógrafa Montserrat Roig. Se trata de poner palabras a una fotografía, y viceversa. Lo hemos llamado Doble cajón y el resto de lo hecho hasta ahora está aquí: https://doblecajon.wordpress.com/

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Nada se puede decir de la flor, de sus sombras, de sus pliegues. Nada malo en ver la flor sola. Lo saben los ahogados: la perfección no es de aquí. Salvo que nada cabe en su existir, nada acoge. Como la medina de las fuentes secas. Fue el sultán quien las cegó; nada se dijo. Ni el canto de cada pájaro para lo que está vacío. Ni todas sus puertas inservibles: todo entra y sale. El color de la flor, sí. Crece el blanco en la garganta. Todo lo ocupa dentro: razón del ahogarse y del decir.

O fuera el musgo sobre el agua

Todos los años, el campo termina por verdear en los ojos de los ciervos. Verde, Semejante a la hierba fresca o a la esmeralda.

Ahora, recién llegada la primavera, justo antes de que los árboles se cubran de hojas y se azoguen, se trasparentan también los nidos en las horcas de las ramas, el ir y venir de los pájaros.

Hoy hay que esperar a que el poema se ablande, como si reposara sobre la tierra que rezuma o fuera el musgo sobre el agua.

Hoy en el tren, el bosque ruso

La abuela no tenía todos los dientes; sus pómulos se volvían hacia adentro. La falta de tierra o el eco de una radiación repentina le desgataron el gesto, pero no la mirada.

Ese silencio hablaba de un bosque ruso.

La cara redonda de la nieta, sus pequeños zarcillos de oro o aquellos ojos claros también hablaban de Rusia.

La niña llevaba una mochila con un estampado del globo terráqueo; sólo se veía Alaska y el Círculo Polar. Sacó un monedero, y de éste una cajita ajedrezada. Abrió la cajita, de la que, a su vez, extrajo un juego de llaves. Levantó los ojos y buscó la aprobación de su abuela, que dijo, sin hablar,

Todo está bien, estamos seguras, tenemos casa, no sopla el viento, ni los lobos acechan en la oscuridad del bosque, dormiremos, no hay taiga ni caza, habrá ceniza en la chimenea y luz de lámpara en la ventana.

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Sara Sánchez