Doble cajón

Comparto una de las entradas de un nuevo proyecto en el que colaboro con la fotógrafa Montserrat Roig. Se trata de poner palabras a una fotografía, y viceversa. Lo hemos llamado Doble cajón y el resto de lo hecho hasta ahora está aquí: https://doblecajon.wordpress.com/

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Nada se puede decir de la flor, de sus sombras, de sus pliegues. Nada malo en ver la flor sola. Lo saben los ahogados: la perfección no es de aquí. Salvo que nada cabe en su existir, nada acoge. Como la medina de las fuentes secas. Fue el sultán quien las cegó; nada se dijo. Ni el canto de cada pájaro para lo que está vacío. Ni todas sus puertas inservibles: todo entra y sale. El color de la flor, sí. Crece el blanco en la garganta. Todo lo ocupa dentro: razón del ahogarse y del decir.
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O fuera el musgo sobre el agua

Todos los años, el campo termina por verdear en los ojos de los ciervos. Verde, Semejante a la hierba fresca o a la esmeralda.

Ahora, recién llegada la primavera, justo antes de que los árboles se cubran de hojas y se azoguen, se trasparentan también los nidos en las horcas de las ramas, el ir y venir de los pájaros.

Hoy hay que esperar a que el poema se ablande, como si reposara sobre la tierra que rezuma o fuera el musgo sobre el agua.

Hoy en el tren, el bosque ruso

La abuela no tenía todos los dientes; sus pómulos se volvían hacia adentro. La falta de tierra o el eco de una radiación repentina le desgataron el gesto, pero no la mirada.

Ese silencio hablaba de un bosque ruso.

La cara redonda de la nieta, sus pequeños zarcillos de oro o aquellos ojos claros también hablaban de Rusia.

La niña llevaba una mochila con un estampado del globo terráqueo; sólo se veía Alaska y el Círculo Polar. Sacó un monedero, y de éste una cajita ajedrezada. Abrió la cajita, de la que, a su vez, extrajo un juego de llaves. Levantó los ojos y buscó la aprobación de su abuela, que dijo, sin hablar,

Todo está bien, estamos seguras, tenemos casa, no sopla el viento, ni los lobos acechan en la oscuridad del bosque, dormiremos, no hay taiga ni caza, habrá ceniza en la chimenea y luz de lámpara en la ventana.

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Sara Sánchez

Sueño en uno de los cuadernos de Juan Avellana

Sé que este sueño está  también escrito en uno de los cuadernos de Juan Avellana. Si fuera posible fotografiar lo que no existe… A las afueras de Ashford, emerge de la tierra el enorme tubo del respiradero del túnel ferroviario que atraviesa el Canal de la Mancha. Imponente, nada a su alrededor, salvo ralos arbustos y dos bancos de madera mirando hacia él. Hasta ahí, el sueño. Ahora, lo que se sabe: es posible sentarse en ese lugar para sentir lo que sale por el tubo del respiradero, que recuerda a los de las cubiertas de los barcos : Le jardin féerique de Maurice Ravel, la brisa del mar que rompe en la costa de Calais, el óxido de Dunquerque, lo agrio del pan, la blancura de las hortensias y de los agapantos, una sal antigua adherida al pescado, resina en las piedras de una playa, olor infantil a alquitrán y a traviesas, el eco de un cañonazo de 1917 y el susurro muy alargado de un tenor viejo: Parce que moi je rêve, moi je ne suis pas, parce que moi je rêve, moi je ne suis pas, parce que moi je rêve, moi je ne suis pas…

Sara Sánchez

Entonces el amigo vive

Resiste el páncreas
Lo han apuntalado
Así se apuntala una mina
O una casa que parpadea
Sostenido no como un corazón
Sino apretando su tejido
Algo como un petirrojo entre las manos
Entonces el amigo vive
En el palo que muerde
Por el dolor la morfina
Bajo el ciclo de la misma luna
Ha vuelto a su calle
Al ladrido de su perro
La felicidad de la vena
Los trabajos y los días
El amigo
En este azul a lo lejos
En el hilo claro de hoy

Veo a dos mujeres llorar en la calle

veo a dos mujeres llorar en la calle, al mismo tiempo, a unos metros, la primera buscaba su sitio dando vueltas a una farola, un perro, la otra en línea recta, hacia un punto de llegada, secándose, entre los cristales, con la mano, llorar en la calle, conocer el hueco del dolor, el diámetro, ver de dónde partió el venablo, señalar la herida, tener la certeza del material con el que fue forjada su punta, la hoja de laurel, si fue de hueso, de asta, hierro, si de madera, saber la profundidad, cualquier movimiento duele, mejor no moverse ahora, solo llorar, no he visto nunca a un hombre llorar en la calle, solo si borracho, si loco, el venablo habita en ellos, no viene de fuera, no saben, la hoja de laurel la llevan dentro, clavada, en el hígado, porque es grande, pero no lloran en la calle, no saben la dimensión, que fueron cazados, lo más cercano es ese hombre de hoy en la estación de chamartín con la mirada perdida, pero seca, no ven su llanto, dos mujeres jóvenes

Sara Sánchez