Carta de G.M.

(…) es desoladora, sin embargo, esta sensación de que, al excavar (no importa cuánto ni a qué profundidad), no encuentro ni un solo resto de casa derruida, ni el polvo de un ladrillo siquiera. Como si todo hubiera sido arrasado o como si siempre llegara a una tierra virgen, nunca trabajada antes por mi, como si no tuviera pasado y en él nunca hubiera habido nadie, como si una y otra vez estuviera empezando. En algún sitio leí esta frase: “El pasado es igual; yo no”. ¿Y si no fuera cierto? ¿Y si el pasado no existiera y fuera una suerte de limbo donde siempre se es igual, donde jamás se descansa?

Boya. Mar Aral.

Aylan Kurdi

Mientras tanto Europa, la esclarecida Europa,
duerme como aquel monje su sueño de
trescientos años oyendo cantar un pájaro.
Otros pájaros, oscuros, habrán de despertarla.
Chantal Maillard

no tengo miedo, yedra, cubre, pupitre, ya no, tiza, ya no, lenguaje, ya no
no tengo miedo, al corte, barbería, al corte, una casa, quizá
no tengo miedo, sin pájaros
no tengo miedo, obús, otro, jardín, jazmín
no tengo miedo, agujero, otro agujero
no tengo miedo, rojo ladrillo
no tengo miedo, blanco yeso, la cal, la cal, máscal, máscal, más, fosa
no tengo miedo, balón solitario, no hay jardín, portería, ya no, red
no tengo miedo, ojos blancos, tantos he visto, tantos ojos, no luz
no tengo miedo, plato, gallinita ciega, rayuela también
no tengo miedo, este palpitar, palpita, corazón, sangre, como de cobre, viva
no tengo miedo, sin hacer, estoy sin embargo, tanta sangre, tanta, pálida
no tengo miedo, ay, inocencia, heridas también, tantas
no tengo miedo, helicóptero, hombres con dientes, de oro, sudor artillero
no tengo miedo, hatillo con ropa, cuatro cosas, una canica, quizá, carro de combate viene
no tengo miedo, poco que comer, poco que echarse, esta sonrisa, la mía, niño era
no tengo miedo, siempre, no tengo, hambre siempre, sueño era
no tengo miedo, Kobane, plomo, Kobane, ruido, Kobane, Kobane, no tengo, casa
no tengo miedo, viaje, un día, una tarde, una noche, esta
no tengo miedo, hilo, se rompe, ¿cuánto?, ¿cuándo?, ¿dónde?, papá
no tengo miedo, Canadá, está lejos, no quiere, Canadá
no tengo miedo, Turquía, no Bodrum
no tengo miedo, Bucarest férrea, más sudor, más, niños, más, más, más, silbato, vía madre
no tengo miedo, ninguna parte, camisetita, zapatitos, mira, rojo, nuevos, de andar
no tengo miedo, atardece, yodo, mar, mamá, mar, hermano, mar
no tengo miedo, barquito, plástico, olor, zarpa
no tengo miedo, usura, papá, cuatro mil dólares, una tras otra, ¿cuántas barbas si?
no tengo miedo, Canadá, no, Europa, no
no tengo miedo, otra piel, no tengo
no tengo miedo, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueva, diez, once, doce
no tengo miedo, entra, todo este agua, entra salitre
no tengo miedo, cosas, tantas no serán, ya que
no tengo miedo, la mano no aprieta, ya no
no tengo miedo, padre, ya no
no tengo miedo, madre, ya no
no tengo miedo, hermano, ya no
no tengo miedo, peces plateados, al ancla, ojalá
no tengo miedo, luces, isla de Kos, rojas, amarillas
no tengo miedo, grito, gritan, motor
no tengo miedo, miedo, no tengo, nana
tengo miedo, a, esta olita, lleva, me lleva
tengo miedo, esta olita, lejos, solo descanso
tengo miedo, orilla, ya no, orilla

Rubor.

Rubor.

(Del lat. rubor)

Grieta que se abre en un fruto cuando éste está maduro y no puede ya disimular que el azúcar tensa su carne. La primera constancia que se tiene de esta palabra es en la Historia Natural, de Plinio el Viejo, en concreto en su Libro XVII, donde habla de arboricultura, de los frutales y de los zumos: El rubor es muy característico de los duraznos tardíos, que se resquebrajan de tan maduros, dejando entrever por una fina grieta, rojiza apenas, su verdad, su dulce carne olorosa. Después de esta breve referencia, ninguna tradición, ni literaria ni científica, vuelve a usar la palabra, y no reaparece hasta el siglo XIX, cuando es rescatada por el poeta neoyorkino Walt Whitman. Whitman escribe lo siguiente en su Memoranda During the War: Viajando por el estado de Georgia,  fui a dar a una remota granja. Sus dueños me acogieron como si yo fuera alguien de su familia. En aquella casa, con sus ritmos constantes, cotidianos y sencillos, me sentí amparado aquellos días, justo cuando más recogimiento necesitaba. El granjero, un hombre silencioso y alegre, se llamaba Don, y su mujer, más silenciosa aún, respondía al nombre de Rubor. Me extrañó sobremanera este último, o sea que pregunté por su significado. Don me explicó el origen latino de la palabra y cómo él disfrutaba del rubor de los melocotones de su plantación, cuando el otoño quedaba ya cerca. Después me dijo que decidió llamar Rubor a su esposa porque el color de sus mejillas le recordaba al color de esa pequeña hendidura que se abre en los melocotones cuando más dulces están. Finalmente me confesó que ese tono rojizo claro se aparecía con frecuencia en el rostro de ella cuando quería algo con pasión y no se atrevía decirlo. (WWhitman Memoranda During the War [Nueva York 1870]). Unos años después, Whitman usa esta palabra profusamente en su obra más conocida, Hojas de hierba:

Ah, el rubor del Cañón del Colorado, hendido, solo visible cuando la luna sangra,

y sobre él llora, rojo, muy pálido en su estruendo, el agua, no deja, no cesa

de hacer más profunda la grieta olorosa del durazno, del hierro leve que tiñe su tierra.

Ah, el rubor de las muchachas que señalan al Sur, saben a qué huelen las islas del Golfo,

pasean alegres por las calles de Chicago y saben bailar en la soledad de sus alcobas,

abrazadas a la piel de un tigre, as time goes by, as time goes by.

Ah, el rubor en los pies de las gimnastas heridas, pequeños suspiros, sus plantas como frutos

quieren ser curados con caricias de granjeros buenos, mansos, de Este a Oeste, tiernos como

animales,  flores capaces de decir una palabra exacta y ligera. 

(De un fragmento de Hojas de hierba. Traducción de G.M.)

Nostalgia

Nostalgia.

Del griego nostos (regreso) y algos (doloroso), así se denomina al hueco que queda en un horno después de haberse cocido el pan en su interior. Su origen es muy conocido, pues está ampliamente documentado. Se sabe que fue un neologismo creado por el panadero aqueo Theanos, en el siglo XII a.C., tras caer herido de muerte en la guerra de Troya. Homero, en el Canto XIII de la Iliada, relata brevemente este episodio:
Heleno hundió de cerca a Theanos, el de las manos sabias, la espada  en el vientre e hizo saltar el escudo por el aire y viósele una herida fea.
Susurro entonces el hábil panadero: “Nostalgia, cuándo volveré a ver tu calor, que tan lentamente se desvanece; cuándo la humedad, la luz y tus olores; cuándo los dulces y agrios de la masa; cuándo tu hueco y el crepitar del pan, si por el estómago se me escapa la vida”.
Escritores griegos posteriores también se hacen eco de la maestría con la que Theanos fabricaba pan. Platón, en su diálogo Critón, pone en boca de Sócrates las siguientes palabras: ¡Qué bien nos iría, querido Critón, si entre nuestros ciudadanos encontrásemos muchos como Theanos, porque era constante, amoroso y humilde cuando preparaba su pan para los demás!
El médico Arquígenes, en el siglo II a.C., situó la nostalgia, como recogen algunas fuentes, en el vientre, pues decía que era cóncavo como un horno, y en su calor se amasó y creció lo que después llegó a la vida.

Envidia

Envidia.

Se encuentra por primera vez esta palabra en De revolutionibus orbium coelestium, de Nicolaus Copernicus, en concreto en su libro cuarto, donde habla extensamente de los movimientos de rotación de la Luna. En él, Copernicus aseguraba que entre la Tierra y Marte orbitaba otro astro “muerto” exactamente igual a nuestro satélite, al que llamó Envidia, literalmente “poner la mirada sobre algo”. A diferencia de gran parte de su teoría heliocéntrica, que fue capaz de demostrar con exactos cálculos matemáticos, reconoció hasta su muerte que no había forma empírica de argumentar la presencia de Envidia, pero que sabía, “a ciencia cierta”, que estaba ahí. Las matemáticas se escriben para los matemáticos y son ellas la única herramienta para describir la auténtica constitución del universo. ¡Tantas veces y desde tantos púlpitos me habrán escuchado decir que las matemáticas son el bastón de mando del astrónomo! ¡Tantas veces también me habrán escuchado decir que no sirve sólo con la geometría para tal hermoso fin! Ni las matemáticas ni la geometría me sirven para demostrar lo que sé que existe. El movimiento de rotación de la Luna no se justifica matemáticamente sólo con la cercana presencia de Marte; ha de haber, entre la Tierra y éste, otro astro. Yo lo llamo Envidia. No puedo dejar de imaginarlo, y creo saber que es una copia exacta de la Luna; creo saber que es del mismo peso, dimensión y aspecto desolado, salvo en una cosa: el mar y su belleza. Pues sobre la superficie de Envidia no puede haber agua, sólo polvo, y en esto no se parece a su astro análogo, donde, además de polvo, hay, bien lo sabemos, un hermoso, silente, mar arrasado de vida, teñido de esmeralda. Quizá, algún día, alguien pueda anotar matemáticamente la presencia de estos dos astros perfectamente alineados, como mirándose, como dos ojos, uno gris y verde, la Luna; el otro, ciego y huraño, tembloroso, Envidia.  Nicolaus Copernicus, De revolutionibus orbium coelestium [Núremberg 1534]

Desde entonces, se considera ampliamente que este afecto reside en los ojos, porque su semilla germina cuando se pone la mirada atenta sobre algo. Sin embargo, la asociación de los ojos con la envidia es antiquísima. La enumeración podría ser eterna; me quedo con uno de mis episodios predilectos: el entierro de Carlomagno. Así, Eginardo, su biógrafo, en Vita Karoli Magni, relata que fueron muchos los que, antes de que llegara el cortejo con el cuerpo de “el Grande” a la altura de sus casas camino de la Catedral de Aquisgrán, se sacaron los ojos con punzones y saña con tal de no ver el oro y las piedras preciosas que, suponían, cubrirían su cuerpo. Hoy sabemos que perdieron sus ojos en vano, porque el Emperador de Occidente quiso ser enterrado desnudo para demostrar que nacemos sin nada, sin nada morimos.

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En el patio de Olvido

  En Toledo, con Olvido García Valdés y Miguel Casado

Viene
al lado de quien palpitaba.
Entre ambos he conocido
la línea precisa, la fragilidad,
y me imagino bailando como baila
la niña sobre el pretil del pozo;
en el patio de Olvido cae
la noche arriesgando,
mientras giran las ruedas
de una bicicleta oxidada
y los postigos de las ventanas se vuelven celestes.
Conciencia de girar
desde uno nueve nueve seis
bailando con el vestido enredado
en la muerte por agua,
conciencia de esas tres palabras.
En el patio de Olvido
es septiembre
-el contorno rojo de la bicicleta,
las ventanas cerradas,
el círculo de la niña sobre el pretil-
y ambos se acercan hasta mí
dados de la mano.