Día del padre

Me acuerdo de que, cuando tenía cuatro o cinco años, alguien me regaló una cometa. Era azul y tenía estampada una abeja.

Me acuerdo de que mi padre, mi hermana y yo nos íbamos a un descampado que estaba cerca de casa para echarla a volar.

Me acuerdo de que uno de nosotros sostenía el carrete del hilo mientras otro corría todo lo rápido que le era posible, hasta que la abeja al fin levantaba el vuelo y se elevaba.

Me acuerdo de levantar la mirada para ver cómo subía y subía según le dábamos hilo.

Me acuerdo de que me dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba y de que me lloraban los ojos por el viento.

Me acuerdo de que subía muy alto, muy alto, muy alto…

Entonces fue cuando a mi padre se le ocurrió la idea hacer cometas. Así que se compró un libro donde explicaban cómo construirlas, y en casa empezó a aparecer por todas partes el material necesario: plásticos, cola, varas, papel de estraza, vasitos de plástico…

Los fines de semana, y algunas tardes, mi padre se dedicaba en cuerpo y alma a construir una cometa. Mi padre es metódico, o sea que seguía todos y cada uno de los pasos que decía el libro. Yo me iba por ahí a jugar y, de vez en cuando, volvía para ver cómo avanzaba su trabajo. Me quedaba un rato viendo, oliendo el olor a cola, sujetando aquí y allí, donde él me dijera.

Me acuerdo de la primera cometa que acabó. Tenía un aspecto inmejorable: bien armada, todo en su sitio, todo bien pegado… ¡Yo estaba seguro, tan seguro, de que iba a volar…!. Así que fuimos emocionados al descampado de las cometas para probarla. Lo intentamos de todas las maneras posibles, corrimos y corrimos y nos encomendamos al viento… pero aquella primera cometa no levantó el vuelo. No voló.

Mi padre guardó silencio y, lejos de rendirse, cogió la cometa e hizo algún cambio aquí y allí, quitó y puso hasta que consideró que ya estaba preparada de nuevo. Volvimos al descampado de las cometas… y la cometa tampoco levantó el vuelo esa vez. No voló.

Mi padre echó mano del libro y eligió otro modelo, quizá más sencillo. Y se puso a ello. El mismo ritual, la misma minuciosidad, la misma forma exacta de medir y pesar. Por tercera vez, volvimos al descampado y pusimos todo de nuestra parte para que esa segunda cometa, por fin, levantara el vuelo… Pero tampoco voló.

Recuerdo que construyó varias cometas y que ninguna consiguió volar como la mía de la abeja. Mi padre no se desesperó ni desanimó en ningún momento. Simplemente, comprendió que hacer cometas era relativamente sencillo, pero que volaran resultaba finalmente bastante más complicado.

Desde mi presente, reconozco en este recuerdo muchas de las cosas que mi padre me ha transmitido y dado con los años, probablemente sin saberlo, y que, en cierta manera, me han permitido, a mi sí, levantar el vuelo, desear ser una cometa con las “cuatro varas CAPA” (1) equilibradas y bien conectadas: constancia, paciencia, silencio, las cosas llevan trabajo, atención, intención y amor y, pese a ponerlo todo en juego, a veces las cosas no salen como esperamos, pero que se pueden seguir buscando soluciones creativas… o simplemente aceptar como vienen.

Me veo soltando el “hilo” de mis hijos y me pregunto si serán capaces de elevarse, como mi cometa de la abeja. Me pregunto, al mismo tiempo, si mi atención y mi intención hacia ellos están siendo suficientes o, al menos, suficientemente “sutiles” como para ayudarles a volar.

 (1) La metáfora de la cometa se usa para explicar el modelo de persona CAPA = Creativa – Amorosa – Pacífica – Autónoma. Es el modelo de educación y crecimiento personal que propone la Ecología Emocional.

Kite in the Sky. Bryan Kennedy.
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2 comentarios en “Día del padre

  1. Muchas felicidades Raúl.

    Buena historia, buena lección paterna.

    Los niños necesitan herramientas para mejorar la aerodinámica que les permita volar llevados por el viento del destino.

  2. Te pasas la vida tratando de hacerlas volar.
    Corres con ellas hasta quedar sin aliento.
    Caen al suelo. Chocan con los tejados. Tú las remiendas, las consuelas, las ajustas, y les enseñas. Observas cómo el viento las mece y les aseguras que un día podrán volar.

    Finalmente vuelan. Necesitan más hilo y tú sueltas más y más, y sabes que muy pronto la bella criatura se desprenderá de la cuerda de salvamento que la ata y se elevará por los aires, como se espera que lo haga, libre y sola.

    Sólo entonces te das cuenta de que has hecho bien tu trabajo.

    Erma Bombeck

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