Puntos de sutura

Antonio

Hace tres días murió Antonio. Me he enterado hoy (¿cómo ha tardado tanto en llegar la noticia viviendo a apenas cincuenta metros de distancia?)

Le recuerdo bajando pacientemente desde el pueblo con su hija, empeñado en hacer que caminara para que no perdiera totalmente su movilidad. A veces coincidía que yo salía de casa y que ellos se tomaban un respiro antes de rematar el paseo. En tal caso, nos demorábamos a hablar un rato. Normalmente intercambiábamos ideas sobre poesía y escultura; sobre cómo es el proceso creativo en ambas artes; sobre la importancia del silencio y del vacío… Antes de despedirnos, me daba siempre las gracias.

Antonio era sobre todo escultor pero, en alguna visita, estando ya enfermo, tuvo a bien leerme sus poemas. Mi memoria no es muy buena, aunque sí recuerdo que eran extraños y, sobre todo, que muchos de ellos estaban escritos con un gran sentido del humor, cosa que provocaba en mi cierta admiración, ya que me siento totalmente incapaz de introducir esa variante en mis poemas. Él no se consideraba poeta; por eso siempre decía “vosotros, los poetas”.

Antonio era un hombre bueno y un buen hombre. Su mirada era profunda, suave, noble y limpia. Tengo la sensación de que él sí convertía los sustantivos en verbos. Nunca dejaba de sonreír; pocas veces le vi perder el optimismo, aunque realmente fue puesto a prueba por la vida. Su mujer y él tuvieron a J. ya mayores, y ella nació con una fuerte discapacidad. Siendo J. muy niña, su mujer cayó enferma y murió casi sin darse cuenta.

La última prueba fue su propia enfermedad. Siguiendo esta manía de buscar una explicación a las enfermedades, me pregunté a veces que por qué el tumor le fue a salir en la garganta. Me decía que la vida era preciosa y que, además, quería seguir cuidando de su hija. En una ocasión, le dijo a mi padre que se estaba muriendo. Mi padre le contestó que, en realidad, todos nos estamos muriendo. “Ya, pero yo quiero que mi muerte sea lo más tarde posible”, concluyó.

Él sabía que el diagnóstico no era bueno. Pero lo que peor llevó fueron esos momentos en los que sentía que se desconectaba de la vida. Lo notaba con la música. Su obra preferida era la Sinfonía nº 9 de Beethoven. Me dijo que un día se asustó porque, cuando la estaba escuchando, no sintió “ese escalofrío”. “Es como si de la garganta para abajo todo en mí fuera de corcho”, dijo.

La última vez que le vi fue en el supermercado. Estaba agotado y me reconoció que se sentía mal. Sus ojos ya miraban hacia otro sitio; su sonrisa, no.

 La carta, la educación, la belleza, el amor

Antonio era profesor, de esos vocacionales. Se lamentaba porque el sistema le había obligado a jubilarse justo cuando más podía enseñar a sus alumnos.

Me causó una gran impresión el día que me dijo que, siguiendo la máxima socrática, había decidido matricularse como alumno en la misma clase de escultura que, hasta el curso anterior, él había impartido.

Quizá porque he recordado esta anécdota, la noticia que hoy recoge “El País” me ha hecho sentir una mezcla de tristeza y de furia:

Unas 20.000 familias recibieron el pasado 23 de agosto una carta firmada por la consejera de Educación (de la Comunidad de Madrid), Lucía Figar. En la misiva, además de la tradicional bienvenida al sistema educativo a los que se incorporan en infantil, les informa del “importante esfuerzo” que realiza la Comunidad de Madrid para que puedan beneficiarse de una plaza en una escuela infantil por un precio inferior “al coste real de cada plaza” cuya media, según la Comunidad, asciende a 5.100 euros anuales.

¿De dónde piensan estos inconscientes que sale el dinero para pagar esas plazas de infantil?

¿Por qué siguen gestionando lo público como si fuera de su propiedad?

¿Por qué se dirigen a nosotros como si nos estuvieran perdonando la vida o fuéramos mendigos?

¿Por qué no dejan de usar ese lenguaje paternalista y fofo que insulta a nuestra inteligencia?

Platón tiene sus cosas… Pero cuando repasa los grados del amor, el cuarto es aquel que se refiere al amor por la belleza “que reside en las normas de conducta y en las leyes”. Comte-Sponville explica que este amor “es lo que podríamos llamar el amor de la belleza moral, incluso de la belleza política”. ¿Por qué los malnacidos que lo destruyen todo a su paso y que han ideado una carta indecente como ésta están tan alejados del amor?

© Amy Steins, de su serie “Stranded”.
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Publicado en Hoy

2 comentarios en “Puntos de sutura

  1. Hermosa la historia de Antonio. Y triste. Y no.

    Lo de la carta no tiene nombre. La tipa esa no tiene nombre. Facha, reaccionaria, hijadeputademierda. Cómo va a costar hacer entender a la gente que los impuestos son necesarios y que lo público es de todos, para mejorar la educación, la sanidad, la asistencia a los mayores… Estos capullos se lo están fundiendo todo y repartiendo entre ellos.

  2. Los adjetivos nos aportan poco. Ante determinadas actitudes sólo nos sirve el insulto para escupir el sapo que quieren hacernos tragar.

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