Odio

(Del fr. oddium).

m 1. Tubérculo que el ejército francés cultivó durante la Primera Guerra Mundial. El odio es un injerto de patata, alcachofa y forraje, creado ex profeso, que se caracteriza por crecer lentamente y en terrenos yermos. Pese a la lentitud de su producción, fue usado profusamente por la intendencia francesa en la retaguardia del Frente Occidental de la gran contienda, sobre todo como rancho para las tropas que combatieron durante años en las trincheras, debido a que comprobaron que la ingesta de una pequeña cantidad de odio era suficiente para saciar el hambre de un soldado durante unos cinco días, proporcionándole además calorías y nutrientes necesarios. Solía servirse hervido, y su sabor, según numerosos testimonios, era extremadamente amargo. Desde el 16 de septiembre de 1914, empezaron a alimentarnos con una especie de patata verduzca y áspera que sabía a veneno. Pronto fue bautizada como “odio”. Lo cocíamos, y solo podía tragarse acompañado del abundante alcohol que hacían llegar al frente. Su sabor amargo se hinchaba en nuestros estómagos, nos quitaba el hambre y también el sueño y el frío, por lo que éramos capaces de combatir muchas horas seguidas sin desfallecer, concentrados únicamente en hacer el mayor daño posible a los soldados alemanes que nos lanzaban granadas desde la trinchera de enfrente. El odio era parte de nuestros días y de nuestras noches.  (RIche La Déchirée [París 1927])

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Soldados franceses en una trinchera. Bosques de Hirtzbach. (Alto Rin, Francia, 16 de junio de 1917)

 

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4 comentarios en “Odio

  1. ¡Qué fantástico es el límite entre lo real y lo imaginado! ¡Qué maravilla cuando dan ganas de acudir a los diccionarios -siempre de papel, soy de los últimos antiguos, de los que aman abrir las tapas y dejarse invadir por las páginas y su olor. Quizás el día en el que los libros electrónicos huelan, me decida por ellos- para ver la verdad de lo escrito! ¡Qué extraña perturbación! ¡Qué temblor en los huesos! ¡Qué escalofrío! En el francés real (bien lo sabes) odio es haine, al ser en el francés imaginado oddium, latinizándolo, lo conviertes en el idioma universal del medievo cuando la barbarie era igual que hoy pero donde nacía, odiosamente, la idea de Nación.

  2. Querido Molviedro, sí, ese límite es fantástico… algunos valientes lo llaman “el alma del mundo”… No sé si el bueno de Renè Iche no se hubiera enfadado al escuchar que lo que dice en su maravilloso “La Déchirée” es “imaginado”. Un abrazo y gracias por el comentario.

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