Carta de G.M.

Encuentro hoy en el correo un mensaje de mi buen amigo G.M. Ciertamente es un buen amigo… No recuerdo en qué año nos conocimos, pero sí el día. Un 15 de agosto. Yo salía del Café de las Flores, que está en la Plaza Nueva de Soria. Seguramente él entraba al mismo tiempo, y su natural aturdimiento hizo que de su bolsa cayera al suelo una edición (después supe que comentada por Zweig) de Poemas desde el alma del mundo, que Rilke escribió en París ya al final de su vida. Este incidente, que ya no considero fortuito, nos dio a ambos la oportunidad de conocernos. Aquel mismo día hablamos largamente sobre la naturaleza volátil de la Poesía (permitidme esta mayúscula). Después hemos coincidido apenas en un par de ocasiones, pero mantenemos una fluida correspondencia.

Comparto aquí parte de la carta de G.M, ya que, como siempre, es hermoso lo que cuenta:

(…) por lo que finalmente visité la cueva de Covalanas. Tuve que madrugar. Está a unos kilómetros de Ramales, y además hay que ascender por una empinada cuesta desde la carretera, hasta alcanzar la entrada. Este ridículo esfuerzo mereció la pena, créame. A estas alturas uno piensa que lo ha visto todo, que lo ha sentido todo, sin embargo me ha sobrecogido estar postrado ante una obra de arte con más de 40.000 años de antigüedad. Allí estaban esos trazos rojos dando forma a dieciocho ciervas, a dos caballos y a otras tantas figuras abstractas.

No se sabe por qué nuestro antepasado eligió esa cueva y no otra para pintar sus representaciones rupestres, pero parece claro que quiso separarlas del lugar en el que habitaba. A mí me pareció que su estructura bien pudiera ser la de una catedral gótica, por lo que no me ha extrañado la elección. El pintor tuvo que sentir una reverencia parecida a la que yo he sentido.

El pintor… un verdadero artista, querido amigo. Entró sin duda muchas veces a aquella cavidad antes de plasmar definitivamente cada una de las figuras; el pigmento, hecho a base de las tierras ferruginosas de la zona, no podía borrarse. No dejó nada al azar, y colocó los animales allí donde la piedra podía realzar su fisonomía (que conocía perfectamente, por cierto), dando lugar a escorzos y movimientos. Cuando la luz iba del suelo al techo, las ciervas cobraban vida, correteaban por la cueva.

(…) aunque luego está esa cosa, casi fetichista, de estar exactamente en el mismo sitio en el que también estuvo el pintor. Y, estrictamente, no hay rastro alguno de él. Hace 40.000 años, el “Yo” no había aparecido aún sobre la faz de la tierra. Aquel hombre que se manchó el dedo pulgar de rojo y fue punteando aquellos animales no tenía conciencia de sí, no tenía conciencia de ser un hombre, de ser un “artista” ni de estar haciendo una obra de arte. Quizá sentía miedo, pero no deseo. Hace 20.000 años solo existía el “Nosotros”; de otra manera era imposible sobrevivir a una naturaleza todavía sin domesticar y de el también formaba parte. El pintor de la cueva era un “médium” y plasmó, quién sabe, una espiritualidad incipiente, en forma de cierva. Tuvo que dejarse llevar por un sentimiento sagrado y fue capaz de hacerlo con tal exactitud; todos los trazos que he visto hoy me parecieron necesarios, nada sobra en sus dibujos (…)

Cómo contrasta esto que le cuento con el arte actual, en particular con la poesía de este siglo. Los poetas, en un movimiento enloquecidos y obligados por la definitiva dictadura del “Yo”, han llenado sus obras de anécdotas banales, de chismes, de pensamientos poco sutiles en los que la primera persona del singular lo es todo. Ellos si se saben “artistas”, y se dejan llevar por ese ruido de la mente, haciéndolo circular además a gran velocidad.

(…) es insoportable. ¿Dónde está lo sagrado que tiene la poesía, el arte, desde el principio de los tiempos? ¿Dónde ese desprendimiento de sí? ¿Dónde la simbiosis con la naturaleza? ¿Dónde la mediación entre lo divino y lo terrestre que tiene el poeta? ¿Dónde está el silencio y el recogimiento? ¿Cuánto silencio hubo en la cueva de Covalanas, hace 40.000 años, para que aquel hombre hiciera un primer trazo sobre la piedra húmeda?

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