Carta de G.M. (III)

(…)  no sé nada de casi nada, mi buen amigo. Que ésta sea la máxima de los sabios no es consuelo, porque siento, cada vez más a menudo, una suerte de hueco en el pecho o de vértigo aterrador, porque la vida pasa por mí… En lo que respecta a los poetas, también se han convertido en algo ajeno. No porque reniegue de ellos, sino porque sólo me interesa la obra de unos pocos. Por eso, ignoro si saben cocinar, si se levantan por la noche a velar el sueño de sus hijos, si limpian el polvo que se acumula sobre las estanterías de sus casas, si sufren enfermedades, si cambian las sábanas de sus camas, si huelen a sudor, si lloran, si gustan de ver partidos de fútbol, si hacen la cola en la tienda de ultramarinos, si llevan sus trajes al tinte, si buscan con desesperación y deleite una crítica en el diario sabatino, si vuelven a llorar, si se aburren, si su sueño se ve interrumpido torpemente por la hinchazón de sus vejigas, si pasan hambre, si ahorran, si se arruinan, si son buscados por la justicia, si sufren de insomnio o, por el contrario, necesitan pasar muchas horas en la cama, si tienen orgasmos, si se ortigan, si les da pánico no acertar, si se sienten solos, si se sienten ignorados por una decena de lectores, si se levantan a las 6:00 a.m. para ir a una oficina, si reciben a cambio una nómina, si odian a sus madres, si se sientan delante del televisor un sábado por tarde, si les espanta que no suene el teléfono, si han pisado alguna vez un caracol, si a propósito, si saben conducir, si les gusta el dinero, si tienen miedo a la muerte, si se preguntan para qué, si lloran despacio con el trajín de un mirlo

(…) el viento, todavía caliente, del final de verano, mueve las hojas de aquella vid. Desde mi ventana, veo el resplandor de las uvas; en su interior se abre paso el azúcar. Un poco más allá, la salamandra

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