Carta de G.M. (y IV)

(…) casi las 18:00 horas y la luz empieza a inclinarse. Esta luz del final del verano. De fondo, oigo el ir y venir de los abejarucos, mientras empiezan a sonar las primeras notas de la Sinfonía número 5 de Mahler.

Le doy mi palabra de que esta carta sólo tenía la pretensión de compartir con usted una inocente y preciosa visita a la cueva de Covalanas, pero ya ve que mis pensamientos, cuando no mis ideas, me han llevado por otros caminos, no siempre de mi agrado. Hay en ellas un poco de impostura y también otro poco de vanidad. Le mando mis disculpas. Lo único que ocurre aquí es lo que siempre ocurre: el miedo. Ya sabe que éste vive larvado en nuestro interior desde que nacemos y, cuando menos lo esperamos, nos salva la vida o su gusano se descuelga ante nuestros ojos; tan cerca, que ni lo vemos. Pero, quizá, nos han sido dadas las palabras justamente para que lo reconozcamos… En cualquier caso, me alegra haberme desviado del sendero inicial, e incluso haberle enseñado mis debilidades, porque con ello he podido hacerme de nuevo la pregunta: “¿Para qué escribir poesía?”. No, no soy tan necio como para responder. Sí, claro que tengo una respuesta, pero me la guardo, por el momento. Mientras, déjeme transcribir la respuesta que sí da mi admirado Robert Graves, con el que, también le advierto, no siempre estoy de acuerdo:

«¿Cuál es la utilidad o la función de la poesía en la actualidad?» es una pregunta no menos acerba porque la hagan con insolencia tantos estúpidos o la respondan con apologías tantos tontos. La función de la poesía es la invocación religiosa de la Musa; su utilidad es la mezcla de exaltación y de horror que su presencia suscita. ¿Pero «en la actualidad»? La función y la utilidad siguen siendo las mismas; sólo la aplicación ha cambiado. Esta era en un tiempo una advertencia al hombre de que debía mantenerse en armonía con la familia de criaturas vivientes entre las cuales había nacido, mediante la obediencia a los deseos del ama de casa; ahora es un recordatorio de que no ha tenido en cuenta la advertencia, ha trastornado la casa con sus caprichosos experimentos en la filosofía, la ciencia y la industria, y se ha arruinado a sí mismo y a su familia. La «actual» es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila, corresponden a la carpa del circo; el buey, el salmón y el jabalí ala fábrica de conservas; el caballo de carrera y el lebrel a las pistas de apuestas; y el bosquecillo sagrado al aserradero. En la que la Luna es menospreciada como un apagado satélite de la Tierra y la mujer considerada como «personal auxiliar del Estado». En la que el dinero puede comprar casi todo menos la verdad y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad.

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Un comentario en “Carta de G.M. (y IV)

  1. Promete mucho esta relación epistolar. Espero que sepan conservarla.

    Quién sabe si un día se publicará algún “Cartas entre dos poetas”

    🙂

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