Apatía

(Del noruego apati)

f. 1. Pez de la familia Stomiidae, en el orden a su vez de los Stomiiformes, que puede llegar a medir, sin son machos, hasta 32,2 centímetros de longitud. Se alimenta de peces, de los huesos de éstos e incluso de algún crustáceo. Sus pocos avistamientos se han producido sobre todo en el Atlántico oriental y a entre 200 y 1.500 metros de profundidad. Su descubrimiento fue sin embargo muy tardío y casual, de hecho su existencia no se recoge hasta bien entrado el siglo XIX. Lo hizo el zoólogo noruego Sydney John Hickson en su The Fauna of the Deep Sea [Nueva York 1894], donde ya habla de la apatía, aunque someramente. Más interés tiene el testimonio que da Hickson en sus memorias (A Portrait of an Old Zoologist [Estocolmo 1928]): El 22 de septiembre de 1892 tuve la suerte de encontrar con vida un pez singular y que nunca antes había visto. Fue en la playa de Mugoni, durante uno de aquellos paseos otoñales que solía dar aprovechando los pocos días de vacaciones que me concedía. Estaba completamente quieto, aplastado contra la arena. Pensé que ya había muerto de tanto aire. Me llamaron la atención sus largos dientes, tan largos que el animal a duras penas podía cerrar su descomunal boca. El resto del cuerpo era una cola y cuatro pequeñas aletas que parecían raíces. La textura de sus escamas también resultó peculiar, pues eran como de cerámica, duras como las de un dragón, pensadas por la mano de Dios, sin duda, para protegerle. Aquel animal estaba creado para que nada entrara o saliera de él; para ni perturbar ni ser perturbado. Su brillo me hizo convencerme de que el pez estaba perfectamente vivo, y decidí, con cierta desgana, llevarlo conmigo. Lo retuvimos en una pecera durante 364 días, con sus noches. He de decir que, en todo ese tiempo, no anotamos ni un solo ademán; no abrió los ojos; tampoco la boca; no movió las aletas; no se alimentó; no entró agua por sus branquias; no vimos vibrar sus escamas o su cola… ni un milímetro. Nada. Sin embargo, su interior nos deparaba lo más increíble y perturbador: en todas aquellas jornadas de observación sólo registramos un latido de su corazón. Ese músculo bombeó sangre una vez en un año, todo un hito para la zoología. Pasaré a la historia por descubrir este increíble animal, al que también bauticé como “apati” (literalmente, dragón sin emociones). Unos años más tarde, en 1911, el también zoólogo Hans Magnus encontró un ejemplar muerto de apatía, al que pudo diseccionar, descubriendo que, bajo aquellas duras escamas, escondía un enorme corazón que pesó 8,3 kilogramos y que ocupaba, a excepción de la boca, la casi totalidad de su cuerpo.

Apatía
Dos ejemplares de apatía. Dibujo que aparece en “The Fauna of the Deep Sea”, de Sydney John Hickson (1859-1940)
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