Carta de G.M.

(…) por eso la higuera este año no está dando higos, y los que da están como lacios, tristes. Las hojas también. Aún así, alguno hemos comido, pese a las oropéndolas.

(…) eso dijo mi hermana. Por cierto, ella también me habla hoy de Facebook; y mi hijo, que se ha apuntado y que se comunica con su tía a través de este fácil sistema. Me animan a entrar, pero yo lo descarto, no sin muestras de mal humor. ¿Sabe? Este tipo de páginas se parecen mucho a una calle transitada de la Viena de finales del siglo XIX, donde el schein era más importante que el sein. El parecer, más importante que el ser.

Le alegrará quizá saber que he seguido tirando del hilo del tema en el que me emponzoñé, con gusto, en la última carta que le mandé. En ella, si recuerda, sostenía que estamos rodeados de una generación de poetas que han llevado la expresión de su Yo a través de sus poemas hasta el absurdo. Los llamaba “Generación del Yo” o “Yoistas”. Nuestra admirada Chantal Maillard sitúa esta carrera del Yo en el Renacimiento, cuando los artesanos dejaron de ser artesanos y se convirtieron en “artistas”. Esto llegó, precisamente, al siglo XIX, cuando se elabora, ya sin tapujos, una noción de sujeto. O sea, la perdición. La obra se convierte en algo secundario, en favor del artista, que además hace lo posible y lo imposible por ser “original”. Y es que con mucho mirarla no se cura la herida. El problema del artista es no haber sabido desprenderse de lo único que le impide la cura: su autoría. El sentimiento del yo era y es el problema. (…) El culto al yo del artista es todo lo contrario al ideal de desaparición que propugnaba Basho: el corazón del poeta ha de adelgazarse si quiere penetrar en eso que contempla, y sólo así podrá expresarlo. Una obra bien lograda es aquella en la que el artista ha sabido desprenderse de sí.

No recuerdo cuando fue la última vez que leí un poeta español en cuyos poemas él no estaba, en cuyos poemas había conseguido desaparecer, expresar, realmente, eso que estaba contemplando. Desaparecer es otra forma de amar para que, eso, lo amado, pueda salir a la luz, revelarse con toda su potencia. Seguro que alguien me acusaría de poco consecuente, porque yo he firmado todos y cada uno de mis libros; sin embargo, estaremos de acuerdo, no hablo de eso, que es anecdótico, no hablo de eso… hablo de una forma de mirar el mundo, hablo de volver a una comunión entre el observador y lo observado, hablo de que un hombre sienta de nuevo como siente un bambú. ¿Estaré perdiendo el juicio?

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