Carta de G.M. sobre Pájaro visitador

Vuelo a escribirle, querido amigo, para dejar constancia de los avances que voy haciendo con su libro. Puede pensar que me estoy demorando demasiado en su lectura, pero le aseguro que le estoy dando el tiempo que pide. No le voy a engañar; no me parece una poesía fácil (con razón pensará que estas divisiones, estas contraposiciones, no dicen absolutamente nada, simplifican en exceso. En este caso, le aseguro que es cierto. Será por mi falta de actitud, por mi falta de lecturas o por el momento vital –es invierno y estoy solo- pero su Pájaro visitador está anidando bajo la luz de mi escritorio).

¿Dónde la dificultad? Lo primero que he pensado es que sus versos le rechazan a uno. Requieren de lecturas cortas y espaciadas, como hacen los gansos al atravesar el Himalaya en su ruta hacia la India, que ascienden y descienden constantemente y a gran velocidad para ahorrar la preciosa energía que necesitan para llegar a su destino. Esa sintaxis entrecortada que usted usa, en la que a veces no se distingue el sujeto del objeto directo, en la que no se sabe quién está diciendo qué, en la que pone coma detrás de un sujeto… entrecorta la respiración y el aliento, entrecorta la lectura, lo que me obliga, como le digo, a dejar el libro a un lado para recuperar resuello y aire:

suelta, sirga y guijarro, ave, aprende a partir, gozosamente busca la orilla, no las llamas en los cuernos de las reses, y arríbate transparencia, sé ya, ve

Y, sin embargo, el ritmo funciona, la música funciona. En más de una ocasión me ha comentado que escribe en voz alta. Se nota… y, seguramente, no habrá otra forma de dar con el ritmo de cada poema… Lo que no hace más que corroborar que la poesía habita en la garganta. Es justamente el ritmo lo que provoca el movimiento de vuelta. La fuerza con la que uno se siente rechazado por su libro es inversamente proporcional después a la fuerza de atracción. Y esta atracción, que obliga a retomarlo, se debe sobre todo al ritmo que le imprime. Cuando hablo de ritmo, en este caso, no me refiero a un poema concreto, sino a todo el libro, porque, he de decirlo ya, su libro es, en realidad, un único poema de poemas zurcido.

Diferentes partes. Hay una narración entreverada en su Pájaro visitador, hay un interés por contar una historia, pero sólo a trozos, breves en la mayoría de los casos, elegidos adrede y, lo que es más interesante para este lector, dejando vislumbrar que la historia es mucho más amplia o, mejor dicho, un vasto mundo.

Porque en su libro crea usted un mundo, del que sólo nos deja ver una parte minúscula. Y, verá, siento que ese mundo se va tejiendo, según pasan lo poemas, mediante imágenes que se repiten aquí y allí: la cierva, el príncipe, el jabalí, un ángel, un rey, la bruja, la grulla…

Pero vuelvo brevemente a ese sentimiento de rechazo, de expulsión. Verá, es más acusado en la primera mitad del libro, ya que luego se diluye, al tiempo que se atempera la sintaxis y se hacen más llevaderas ciertas imágenes… De tal forma que, ya hacia el final, el lector deja de sentir quemazón para, a cambio, sentir un extraño cansancio.

¿Cansancio? Cansancio de viajar. Porque su libro narra un viaje. ¿De quién? No sabría decirle, porque ese “viajero” se va transformando, y tan pronto es, efectivamente, una grulla como un barco, como un príncipe, como un caballero, como un halcón o como una cierva… o, ¿todo a la vez?

¿Un viaje? Sí, también un viaje iniciático o alquímico. Un trayecto en el que alguien deja de ser de plomo y se convierte en oro; deja de ser un niño y se convierte en hombre; deja de ser príncipe y se convierte en rey…

¿Estoy en lo cierto? Poco importa. Estas torpes líneas no son más que expresión de mi extrañamiento ante su libro. Pero, ¿acaso no es el extrañamiento una de las manifestaciones de la poesía?

Le dejo ya, prometiéndole que seguiré ahondando en la lectura de este Pájaro visitador.

Afectuosamente,

G.M.

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