Carta de G. M.

(…) entienda lo que le quiero decir. Uno espera que, con la publicación de un libro, algo cambie: se abra un resquicio, una cicatriz en el pecho, un surco, una ventana en cierto sitio; caiga un árbol al otro lado del bosque; un alud en la cara sur de la montaña; y, si nos ponemos estupendos, que alguien reconozca uno solo de los versos que, con tanto cuidado, hemos escrito. Pero ya tiene usted experiencia y sabrá que nada, absolutamente nada, ocurre: el mundo sigue latiendo con el mismo ritmo; los días se suceden con igual lentitud; todas las palabras que conformaron ese último libro, con suerte, dan paso a otras, nuevas o gastadas, que, con suerte, darán lugar a un nuevo poema que, a su vez, formará parte de un, también “nuevo”, libro. Como bien dice en su último poemario, Para volar, contrapeso en el pico, no esperar nada. En el momento que esperamos algo, ya estamos perdidos. Y se lo digo yo, que ya estoy en retirada porque, como me recuerda mi esposa, ya no sé los años que atesoro. La única esperanza que al respecto me queda es que algún lector encuentre el silencio y el sosiego que le permita encontrarse y vislumbrar los poemas que he ido desgranando. Me pregunto si esto ya es posible. Creo que ya lo hemos hablado en otras cartas… el ruido lo cunde todo, incluida la poesía, por lo que esa aspiración mía, legítima, se me antoja ardua. ¿Por qué no nos conformamos entonces con ser “simples” artesanos? Ese deseo sencillo de hacer algo bien, concretamente y sin ninguna otra finalidad, despojándose de esa necesidad, insana, de sentirnos únicos, de sentir que estamos haciendo algo único. Richard Sennet lo dice mejor, El buen artesano, absorbido por la preocupación de hacer bien su trabajo e incapaz de explicar el valor de lo que hace, es un mal vendedor. Nuestro, a veces, odiado Platón, preocupado por la desaparición de cierta visión que de la habilidad de los artesanos se tenía, vinculó la artesanía con la raíz lingüística de poiéin, es decir, “hacer”, la misma de donde deriva “poesía”, por lo que los poetas seríamos una suerte de artesanos que trabajamos impulsados por el deseo de alcanzar una calidad, areté, excelencia. ¡Qué antiguo suena esto, querido amigo, y cuánta tranquilidad me proporciona!

Anuncios