Envidia

Envidia.

Se encuentra por primera vez esta palabra en De revolutionibus orbium coelestium, de Nicolaus Copernicus, en concreto en su libro cuarto, donde habla extensamente de los movimientos de rotación de la Luna. En él, Copernicus aseguraba que entre la Tierra y Marte orbitaba otro astro “muerto” exactamente igual a nuestro satélite, al que llamó Envidia, literalmente “poner la mirada sobre algo”. A diferencia de gran parte de su teoría heliocéntrica, que fue capaz de demostrar con exactos cálculos matemáticos, reconoció hasta su muerte que no había forma empírica de argumentar la presencia de Envidia, pero que sabía, “a ciencia cierta”, que estaba ahí. Las matemáticas se escriben para los matemáticos y son ellas la única herramienta para describir la auténtica constitución del universo. ¡Tantas veces y desde tantos púlpitos me habrán escuchado decir que las matemáticas son el bastón de mando del astrónomo! ¡Tantas veces también me habrán escuchado decir que no sirve sólo con la geometría para tal hermoso fin! Ni las matemáticas ni la geometría me sirven para demostrar lo que sé que existe. El movimiento de rotación de la Luna no se justifica matemáticamente sólo con la cercana presencia de Marte; ha de haber, entre la Tierra y éste, otro astro. Yo lo llamo Envidia. No puedo dejar de imaginarlo, y creo saber que es una copia exacta de la Luna; creo saber que es del mismo peso, dimensión y aspecto desolado, salvo en una cosa: el mar y su belleza. Pues sobre la superficie de Envidia no puede haber agua, sólo polvo, y en esto no se parece a su astro análogo, donde, además de polvo, hay, bien lo sabemos, un hermoso, silente, mar arrasado de vida, teñido de esmeralda. Quizá, algún día, alguien pueda anotar matemáticamente la presencia de estos dos astros perfectamente alineados, como mirándose, como dos ojos, uno gris y verde, la Luna; el otro, ciego y huraño, tembloroso, Envidia.  Nicolaus Copernicus, De revolutionibus orbium coelestium [Núremberg 1534]

Desde entonces, se considera ampliamente que este afecto reside en los ojos, porque su semilla germina cuando se pone la mirada atenta sobre algo. Sin embargo, la asociación de los ojos con la envidia es antiquísima. La enumeración podría ser eterna; me quedo con uno de mis episodios predilectos: el entierro de Carlomagno. Así, Eginardo, su biógrafo, en Vita Karoli Magni, relata que fueron muchos los que, antes de que llegara el cortejo con el cuerpo de “el Grande” a la altura de sus casas camino de la Catedral de Aquisgrán, se sacaron los ojos con punzones y saña con tal de no ver el oro y las piedras preciosas que, suponían, cubrirían su cuerpo. Hoy sabemos que perdieron sus ojos en vano, porque el Emperador de Occidente quiso ser enterrado desnudo para demostrar que nacemos sin nada, sin nada morimos.

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2 comentarios en “Envidia

  1. Cuán poca envidia destila la definición que nos regalas. Porque regalo es entender pasión tan fuerte mediante imagen tan veraz. No sé por qué lo había intuido, hace muchos años, una vez que la sentí y al sentirla mi mirada atravesó la luna y se dio de bruces contra Envidia y sufrí el frío del polvo que la cubre. Pensé que era espejismo y hoy tú confirmas que era verdad.

  2. Bien podría haber sido un espejismo, pero bien sabía Nicolás que no, que la superficie polvorienta de Envidia existe. Me alegra haber encontrado esta definición en “De revolutionibus orbium coelestium” y que se corresponda, con cierta proximidad, al afecto que tantas veces sentimos.

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