Hoy en el tren, el bosque ruso

La abuela no tenía todos los dientes; sus pómulos se volvían hacia adentro. La falta de tierra o el eco de una radiación repentina le desgataron el gesto, pero no la mirada.

Ese silencio hablaba de un bosque ruso.

La cara redonda de la nieta, sus pequeños zarcillos de oro o aquellos ojos claros también hablaban de Rusia.

La niña llevaba una mochila con un estampado del globo terráqueo; sólo se veía Alaska y el Círculo Polar. Sacó un monedero, y de éste una cajita ajedrezada. Abrió la cajita, de la que, a su vez, extrajo un juego de llaves. Levantó los ojos y buscó la aprobación de su abuela, que dijo, sin hablar,

Todo está bien, estamos seguras, tenemos casa, no sopla el viento, ni los lobos acechan en la oscuridad del bosque, dormiremos, no hay taiga ni caza, habrá ceniza en la chimenea y luz de lámpara en la ventana.

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Sara Sánchez
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Publicado en Hoy