Pronto, “Acude La Luz”

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Veo a dos mujeres llorar en la calle

veo a dos mujeres llorar en la calle, al mismo tiempo, a unos metros, la primera buscaba su sitio dando vueltas a una farola, un perro, la otra en línea recta, hacia un punto de llegada, secándose, entre los cristales, con la mano, llorar en la calle, conocer el hueco del dolor, el diámetro, ver de dónde partió el venablo, señalar la herida, tener la certeza del material con el que fue forjada su punta, la hoja de laurel, si fue de hueso, de asta, hierro, si de madera, saber la profundidad, cualquier movimiento duele, mejor no moverse ahora, solo llorar, no he visto nunca a un hombre llorar en la calle, solo si borracho, si loco, el venablo habita en ellos, no viene de fuera, no saben, la hoja de laurel la llevan dentro, clavada, en el hígado, porque es grande, pero no lloran en la calle, no saben la dimensión, que fueron cazados, lo más cercano es ese hombre de hoy en la estación de chamartín con la mirada perdida, pero seca, no ven su llanto, dos mujeres jóvenes

Sara Sánchez

Rencor

(Del is. eyjaeldstöð)

m. 1. Tomada del islandés eyjaeldstöð, literalmente “islavolcán”, se desconoce sin embargo cuáles fueron sus posteriores derivaciones hasta quedar reducida a rencor. De lo que sí se tiene conocimiento exacto es de la formación de su significado, ya que se recoge por primera vez en una saga anónima del siglo XI, de la que se guarda bastante información. En ella se cuenta que el joven príncipe Þórðarson, por su mala cabeza, perdió en una apuesta el derecho a llevar colgadas del cuello las llaves de su futuro reino, por lo que su padre, el desdichado rey Olaf, no tuvo más remedio que repudiarle y desterrarle antes de renunciar a su reinado en favor de Sveinn Hákonarson, el legítimo ganador de la apuesta y, a la sazón, el mayor enemigo de Olaf. Así que ordenó que dos soldados condujeran a Þórðarson hasta una lejana y yerma isla. Sin nada que hacer, el jovenzuelo empezó a levantar un muro con los granitos de arena negra que encontraba en la playa. Por cada granito que ponía, maldecía su mala suerte y a todas las estirpes que, según él, le habían conducido a tal desventura. El primer muro era más o menos de su altura, pero el resto, elevados concéntricamente, cada vez eran más y más altos. En pocos días, dejó de ver la línea del horizonte, las gaviotas y los barcos balleneros que se acercaban hasta ese lugar remoto; dejó de sentir en su piel la fría brisa que venía del Mar de Groenlandia; incluso dejó de escuchar el canto de las mujeresfoca. Tras años y años de concienzudo trabajo, grano a grano, Þórðarson quedó recluido en el centro de la isla, preso del cansancio y de la infinita red de altas murallas que él mismo había construido. La saga dice que allí cavó también su propia tumba y que, el día que murió, de ella emergió el volcán más devastador del que se tenga noticia, que arrasó todo a su paso, formando, después de aplacado, la Isla del Eyjaeldstöð, “Rencor” para nosotros. Actualmente, ese trozo de tierra, en el que la tradición dice que estuvo recluido Þórðarson, se cree que es una isla que está muy al norte del Estrecho de Dinamarca, siendo conocido por desprender un fuerte olor a azufre rancio, lo que, pese a su desoladora belleza, ha hecho que permanezca deshabitado y lejos de las rutas marítimas.