Entonces el amigo vive

Resiste el páncreas
Lo han apuntalado
Así se apuntala una mina
O una casa que parpadea
Sostenido no como un corazón
Sino apretando su tejido
Algo como un petirrojo entre las manos
Entonces el amigo vive
En el palo que muerde
Por el dolor la morfina
Bajo el ciclo de la misma luna
Ha vuelto a su calle
Al ladrido de su perro
La felicidad de la vena
Los trabajos y los días
El amigo
En este azul a lo lejos
En el hilo claro de hoy

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Veo a dos mujeres llorar en la calle

veo a dos mujeres llorar en la calle, al mismo tiempo, a unos metros, la primera buscaba su sitio dando vueltas a una farola, un perro, la otra en línea recta, hacia un punto de llegada, secándose, entre los cristales, con la mano, llorar en la calle, conocer el hueco del dolor, el diámetro, ver de dónde partió el venablo, señalar la herida, tener la certeza del material con el que fue forjada su punta, la hoja de laurel, si fue de hueso, de asta, hierro, si de madera, saber la profundidad, cualquier movimiento duele, mejor no moverse ahora, solo llorar, no he visto nunca a un hombre llorar en la calle, solo si borracho, si loco, el venablo habita en ellos, no viene de fuera, no saben, la hoja de laurel la llevan dentro, clavada, en el hígado, porque es grande, pero no lloran en la calle, no saben la dimensión, que fueron cazados, lo más cercano es ese hombre de hoy en la estación de chamartín con la mirada perdida, pero seca, no ven su llanto, dos mujeres jóvenes

Sara Sánchez

Era incapaz de atravesar los petirrojos

Era como tú: Había siempre una bandada de petirrojos. De petirrojos más allá de los abuelos, una mancha dorada hasta la tierra, tan leve, ascendida, un canto. Hasta hace poco, hijo, un olor a vida para el que no había pulmones, como de fardo de trigo antes de llover, un origen. Como tú: Los dos a la espalda, un sustento; la muerte era incapaz de atravesar los petirrojos.

Carta de G.M. sobre “dejar en paz”

(…) los pájaros no se sostenían en el aire; volaban como pavesas. Volviendo a su última carta, se lo plantearé al revés: hay que dejar en paz (si me permite, literalmente) a aquellos a los que no amamos. En paz significa acercarse a ellos y rozar con levedad su corazón para borrar todas nuestras huellas. El corazón, pues de él nacen todos los espíritus, que después pasan a la sangre y recorren cada vena, antes de regresar.

El calor de un cuerpo

Queda un verano que no acaba. Es la primavera, lleva meses pudriéndose como el agua en la represa del camino. Por eso, la exaltación de los pájaros. Van y vienen, se agotan queriendo cumplir con una obligación desconocida, pero que les mantiene frenéticos en el aire: no saben si anidan, cazan libélulas, migran sin frío…

Aun así, ayer, atardeciendo, el halcón se dejaba llevar por una corriente seca y templada de este otoño. Volaba como antiguamente: sabiendo hacia dónde.

Como aquella tarde, el canto de las grullas volverá a atravesar la niebla y nos hará desear el calor de un cuerpo.

Cuánta piel

Cuánta piel mide 120 años
cuánto entre el horizonte y la orilla
para el sediento duran
para el aguador
la semilla
germina dentro del fruto
atraviesa la carne
tiembla
brote
cuánta piel
rompe lo verde
no rompe la ola
cuánto ha girado la constelación
entre ojo y ojo
ha caído
no del árbol
ha caído el invierno
para el insomne
sostienen sus manos
como cuencos
como alas
dos alegrías
dos líneas
dos petirrojos
cuántas veces nos llegamos
a la fuente
como una gacela
descendemos
bebemos casi
casi rozamos
acariciamos
ya

Nada hay más lento

Nada hay más lento
que este mar, la flor roja
que el corzo bebe, ni despacio el colibrí,
nada que la sed de los animales
ni la noche cante sobre los pájaros:
sólo la luz acude,
aquieta y roza
el agua a la orilla;
sólo ella entre mis dedos
sabe el camino.